Cuando se le pregunta a Venito por la joyería de filigrana en Chiapas, abre dos puertas históricas que se relacionan entre sí, pero son independientes. La primera es la entrada por Tuxtla Gutiérrez, zona Zoque: “La filigrana es de origen árabe”, dice él. Corre la anécdota de artistas de circo que en las mañanas trabajaban la filigrana en el taller y por las tardes daban función. Es fácil imaginarlos: funambulistas del metal fino saltando de alambre en alambre.

Collar de filigrana con talla en jade y ambar por el maestro Venito Perez
La segunda puerta viene desde la costa de Tapachula: “Desde China nos llegó otro procedimiento, lo trajeron los migrantes que llegaron con la construcción del ferrocarril, se quedaron en un pueblito y ahí prendió la nueva técnica”. Hoy esa comunidad es de origen mexicano, pero quedó la huella. Aunque no precisa el año ni el pueblo exacto, es evidente que el encuentro árabe, chino y chiapaneco dejó una firma: la delicadeza extrema del hilo y una familia de rellenos muy viva.
La filigrana ha vestido desde hace siglos a las chiapanecas en la fiesta grande de Chiapa de Corzo (San Sebastián): hoy en día se ven vestidos floreados bordados a mano, trenzas y arracadas de oro de una o de tres medias lunas iluminan la gala. Venito cuenta que en ese tiempo: “Había maestros que trabajaban bejuco en oro con gran maestría. Esa técnica se tejía también en el lazo de bodas: el lazo se hace de bejuco”. Parte de ese saber ya se perdió, pero su eco volvió a resonar después del encuentro del diplomado en el CASA: el maestro Candido Santiago Esteva domina la técnica y se la enseñó a los asistentes en esa primera edición; luego, Venito la incorporó en sus creaciones.
"En Chiapas, el alambre se lleva finísimo, más allá del 30 en la hilera: calibre 30 y luego todavía más chico con hileras individuales (ágatas)”. El relleno tradicional combina espirales, ojillos, gotas y la semilla de malva, también llamada tomatillo: ese microvolumen que se arma enrollando al alambra sebre otro mas grueso, para hacer un espiral y de nuevo se enrolla sobre otro alambre para hacer pequeños aros de alambre en espiral."
En el vocabulario de Venito aparecen también el zig-zag (telaraña) y los torzales (lo que en otros lados algunos llaman “cadenilla”). Él no los usa como eje, pero los reconoce como base ancestral de la filigrana: módulos y ritmos que cada región bautiza a su modo.
La artesanía siempre ha estado presente en la historia del maestro Venito. Cuenta que su abuelo paterno fue laudero: fabricaba violines y tambores, y también fue músico. Su abuelo materno tejía sombreros, mientras que su padre fabricaba garlopines hechos con hojas de machetes antiguos, utilizados para ciertos trabajos de carpintería. Fue ahí donde Venito se inició en el ambiente del taller.
Cuando se unió con su esposa, Caridad, decidió independizarse. Más adelante, por medio de un amigo, llegó a trabajar en la construcción de una réplica de la tumba del rey Pakal. A los 22 años aprendió a tallar bajorrelieves en mármol con su patrón, un tallador originario de Coahuila. Una vez terminado ese proyecto, comenzó a fabricar tallas de réplicas en jade y ámbar para una línea de joyería dirigida por dos maestros, uno guatemalteco y otro salvadoreño.

Orquidea tallada en Jade por el maestro Venito Perez.
Durante seis años trabajó en escultura en mármol y marmolina, talla en madera, jade y ámbar. Finalmente, llegó a la joyería de la mano del maestro encargado del taller de la empresa, de quien aprendió observando, preguntando y practicando en casa. Después se independizó para iniciar su propio camino y sostener a su esposa y a sus cuatro hijas.
Comenzó haciendo filigrana para su maestro chiapaneco y posteriormente pasó al cartoneado, con el propósito de crear piezas más escultóricas y dar vuelo a su imaginación. Venito nunca tomó clases formales: “Mi mejor maestro es el tiempo, la práctica, el atrevimiento y el ingenio”. La única capacitación formal en toda su vida —confiesa— fue el diplomado del CaSa.
También cuenta con una trayectoria de doce años de primeros lugares y premios nacionales en concursos de joyería.
En 2018 fue invitado a colaborar con una empresa de alta joyería en Puebla, a través de una convocatoria-concurso. El proceso de formación estuvo a cargo de la Universidad Iberoamericana, con maestros como Erick Necoechea y Leticia Llera, quienes lo capacitaron durante una semana para desarrollar proyectos de diseño de joyería. Venito pasó todos los filtros y ganó el primer lugar, presentando conceptualización y bocetos técnicos hechos a mano, compitiendo con diseñadores industriales egresados de la misma universidad.

detalle collar de filigrana con talla en jade y ámbar por el maestro Venito Perez
Herramientas, del fuelle al microtorch. Trucos de taller
La arqueología del procedimiento que traza Venito es una clase condensada. Antes se usaban una olla con carbón, crisol y fuelle, y soldadura con pipeta de boca alimentada con petróleo. Después se incorporaron el soplete grande de gas y tanques manuales. Ya hoy reina en su mesa de trabajo el microtorch con gas y oxígeno que permite el control de una flama pequeña, lo que implica precisión y eficiencia para filigrana fina y gruesa.
Aquí hay dos de sus consejos de maestro para quien está aprendiendo:
- Para el ácido bórico: “Hay que hacer una lechada en un frasquito, se sumerge la pieza y luego se calientas la parte donde se va a soldar: así el resto queda protegido y no se mancha”.
- Para una soldadura milimétrica: “Hay que aplicar paciencia y método, dominar la escala evita que se vaya la gota de soldadura y arruine el tejido”.
Entre líneas, subraya algo crucial: el dominio del fuelle sigue siendo posible: “Si se domina, da el mismo resultado que el microtorch”, pero Venito usa alcohol industrial (y no gasolina) para obtener una flama pareja. Saber de dónde viene el fuego ayuda a entender por qué hoy se eligen otras herramientas.
Menciona el cerro de la Mujer Dormida en Los Altos de Chiapas, “donde hay oro”. Hubo un intento de concesión a una empresa: “Metieron maquinaria, pero el cerro, por naturaleza, no lo permitió. Y la gente se organizó, de Carranza, Comitán y Los Altos bloquearon la exploración”. La técnica y el territorio no se separan: cada gramo de metal también conlleva una decisión política, el cuidado del agua, del suelo y de la vida.
La práctica de Venito está cada vez más en diálogo con las instituciones. Por ejemplo, fue a un foro en Campeche (en la Casa de la Cultura) y cuenta que se empezó a gestionar un proyecto que abarcaría desde Chiapas hasta Cancún y Guatemala. Entre plática y posibilidad, queda sobre la mesa un curso de tres meses en Campeche. Da gusto oírlo así: el maestro de un taller que comparte técnica y criterio, que no separa la mano del contexto.
Detrás del brillo del metal debe haber cuentas claras. Venito Pérez habla de la producción contrapuesta con la precisión, de por qué hoy no le conviene volver a usar pipetas y fuelles para obras grandes si el microtorch le rinde mejor. La filigrana requiere tiempo y, sobre todo, criterio: elegir el grosor justo, el relleno necesario, la soldadura mínima. Con ese criterio también decide qué trabajos tomar y con quiénes colaborar.
Para los aprendices:
- Se tiene que aprender la terminología específica del oficio, del relleno: espiral, ojillo, gota, semilla de malva o tomatillo. No se puede memorizar solo la forma, es necesario que entendamos qué sostiene cada módulo.
- Los calibres finos permiten un mayor control: pasar más la hilera no es un capricho, el resultado es un peso justo y además, densidad visual en las piezas.
- Se tiene que proteger antes de soldar: la lechada de ácido bórico es nuestra aliada para no rehacer el trabajo.
- Hay que usar el fuego con un propósito y elegir bien cada técnica: fuelle, pipeta, soplete o microtorch. Se tiene que onocer la historia del calor para decidir qué herramienta es la mejor en cada caso.
- Hay que llevar un ritmo en el taller: colocar, fijar, soldar, limpiar, volver a fijar, es un proceso que lleva pasos. No hay que apresurarse, hay que conducir la soldadura.
- Contexto y ética: el metal viene de un territorio, debemos respetar su origen. Y en el mercado, no podemos abaratar la mano de obra, la calidad se mantiene a lo largo del tiempo.
De Tuxtla Zoque al litoral de Tapachula, del bejuco de boda a la arracada de oro, del fuelle al microtorch, Venito trenza rutas y técnicas, toma decisiones. Mientras los programas culturales prometen nuevas articulaciones regionales, él ya hace lo que los oficios vivos demandan: enseñar y practicar con la misma seriedad.
De la conversación con él se extrae una certeza: la filigrana chiapaneca no es solamente un repertorio de figuras, sino una manera de mirar el metal hasta volverlo memoria. En manos de Venito, ese metal avanza fino, exacto y luminoso, no solo en sus piezas, sino también en la formación de nuevas generaciones. Mostrándoles sus obras galardonadas, capacitándolos en el taller y abriendo espacio para que materialicen sus ideas y sueños, les demuestra que el oficio puede ofrecer un sustento noble. Sus alumnos han ganado premios, vendido sus creaciones y encaminado sus propias vocaciones gracias a la disciplina practicada en el taller. Odontólogas, maestras y escultores forman parte de quienes hoy son testimonio vivo del legado del maestro Venito y de una filigrana que continúa transformándose con paciencia, imaginación y respeto.
puedes conocer mas del trabajo del maestro en su pagina de facebook
y tambien en Instagram
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Entrevistados: Venito Perez
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Lugar de la entrevista: Mérida Yucatán.
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Fecha: Noviembre2025
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Entrevista y edición: Gabriela García Mariscal
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Proyecto: La ruta de la filigrana. De las cofradías europeas al arte popular mexicano
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Apoyo: Fondo para la Promoción de Proyectos y Coinversiones Culturales (FPCC)