Maestra Amira Ramos, con el terno tipico de Mérida y el diseño familiar del "montado de filigrana"

Un orive malagueño, una centuria de tejer filigrana y el linaje de la Familia Ramos.


La memoria del metal

La conversación con el maestro Juan Ramos, su hija Amira Ramos y toda la familia es una travesía por la historia de la filigrana yucateca: un diálogo entre la memoria y la continuidad. En su taller, el olor del metal recalentado convive con la voz tenue y pausada del maestro, que recuerda un linaje forjado con fuego y paciencia. Sus hijos también lo escuchan con atención: ellos representan el presente y el futuro del oficio, la generación que hereda no sólo la técnica, sino la conciencia de su valor.

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original

Raíces familiares y llegada del oficio

Entre anécdotas familiares, el maestro Ramos revela el origen de una herencia centenaria:

“Sabemos que el bisabuelo llegó de Málaga en un galeón. Él sabía hacer filigrana, y cuando llegó a Mérida se dedicó a trabajar la técnica.”

Aquella llegada, entre los flujos del comercio colonial y la expansión de los oficios europeos, plantó una semilla que echaría raíces en el sureste mexicano. Desde entonces, la filigrana yucateca se convirtió en un arte de familia, transmitido de generación en generación, transformándose con cada mano, pero sin perder su pulso original.

La referencia al “galeón” en la memoria familiar no debe leerse como una precisión histórica, sino como una forma de nombrar el tiempo largo de las rutas imperiales españolas. Aunque el Galeón de Manila no arribó a Yucatán, su existencia forma parte del mismo sistema global que, entre los siglos XVI y XVIII, permitió la circulación de personas, técnicas, metales y saberes entre Europa, Asia y América. En ese entramado, artesanos formados en tradiciones mediterráneas llegaron a la Nueva España por distintas vías, y con ellos viajaron conocimientos técnicos que se adaptaron a los contextos locales.

La filigrana practicada por la familia Ramos no es una técnica importada intacta, sino un saber transformado: ajustado a la disponibilidad de materiales, al clima, al suelo calizo de Yucatán y a una economía del taller basada en la observación, el ahorro del metal y el dominio del fuego. Así, la memoria del bisabuelo llegado “en un galeón” nombra no sólo un viaje, sino la inserción de este linaje en una historia global del oficio, donde el saber se transmite más por las manos que por los archivos.

Preparación del material y procesos antiguos

El maestro habla con respeto del metal:

“Para que obedezca y la filigrana quede bonita, hay que calentarlo bien, tiene que tener ese color rojizo bien encendido.”

Desde la fundición, pasando por los procesos de recocido y blanqueado en ácido, el dominio del fuego es central.

Cuenta que antes de los crisoles de barro —escasos en Mérida por la naturaleza del suelo calizo— la fundición se hacía con ingenio y economía:

“Usábamos madera. Con una gubia raspábamos una cuenca en el tablón, lo quemábamos con el fuelle y preparábamos una pasta de ceniza, agua y bórax, que aplicábamos en la cuenca del tablón y la calentábamos para compactarla; ahí fundíamos el oro. Si la ceniza no estaba bien preparada y aplicada, se desmoronaba y se perdía el metal por las rendijas.”

En esos talleres, fuego, madera, bórax y ceniza bastaban para crear herramientas. Todo se aprendía mirando, y el dominio del calor era el verdadero examen del maestro.

La historia de los precios del metal

Los cambios del país se leen también en el metal:

“En 1963 un centenario de oro costaba $500 pesos; en los noventas subió a $2,800.”

Amira interviene con la mirada puesta en el presente:

“Pero 500 pesos entonces era mucho dinero. Hoy el centenario cuesta $87,600. La plata en granalla, hace diez años, costaba ocho mil el kilo; ahora está en 32 mil.”

La historia de los Ramos es también la historia de una economía viva, donde el valor del oro marca los ritmos del taller y, a veces, la posibilidad de seguir o detener la producción.

La Convención Mundial Artesanal de 1976

maestro Juan Ramos

Enmarcado y colgando de una pared, el maestro conserva un diploma en papel amate, escrito a mano, testimonio de un momento histórico:

“El Comité Organizador Mexicano de la 7ª Asamblea General y Conferencia Internacional del Consejo Mundial de Artesanías otorga el presente diploma a Juan Ramos Durán por su destacada labor en el taller de metalistería.”

Fue entregado en Oaxtepec, Morelos, en 1976, durante la Convención Mundial Artesanal. Para Ramos, aquel reconocimiento significó no sólo un honor personal, sino el reconocimiento del oficio mismo:

“Fue bonito, porque por primera vez el trabajo de nuestras manos tenía nombre y apellido en un congreso internacional. Se hicieron dos concursos de joyería, uno nacional y otro internacional.”

Trayectoria y vínculos con la investigación

El maestro también forma parte del libro La platería en Yucatán, de la antropóloga Silvia Terán, en donde está registrado un modelo innovador para la fecha de su publicación: el famoso “juego montado”, que se compone de más de 115 piezas de filigrana. Hasta la fecha, este conjunto sigue produciéndose en el taller como símbolo de identidad en Mérida y participó este año en la pasarela de Original Mérida.

Su participación en la obra de Terán permitió documentar procesos técnicos y saberes orales que de otro modo se habrían perdido. Recuerda también con afecto la relación y el trato que Luz Elena Arroyo Irigoyen, entonces directora de la Casa de las Artesanías, le brindaba al gestionar la compra de sus producciones de filigrana.

Aprendizaje y vida de taller

“Empecé a trabajar oro cuando tenía 12 años”, cuenta. “En esa época no querían muchachitos en los talleres por el Seguro Social, ya que el patrón estaba obligado a contratar y asegurar a sus empleados; sin embargo, no era posible hacerlo con los aprendices, pues les faltaba experiencia y velocidad en la producción. Entonces el maestro me decía: ‘Haz como si vienes a jugar con mi hijo’. Así aprendí.”

En ese contexto, los niños entraban por la curiosidad y aprendían mirando, repitiendo, equivocándose, hasta que el fuego los reconocía como propios.

Seguridad, accidentes y aprendizaje empírico

El maestro recuerda un incidente que marcó su vida en el taller:

“Para que el fuelle trabaje, se le pone gasolina: un tercio del tanque, no más. Pero la gasolina se ‘gasta’, pierde su volatilidad, así que hay que sacarla y poner nueva, poniendo cuidado de que el tanque nunca esté lleno. Una vez un muchacho llenó de más un tanque y, al pisar el fuelle, la gasolina salió por la boquilla del soplete, escupiendo fuego por el taller. Por suerte —o precaución, no lo sabe con certeza— había una tina con arena de río, que usábamos siempre para limpiar el oro después de recocerlo. El maestro utilizó esa arena para ahogar el fuego. Si no la hubiéramos tenido a la mano, todo se habría perdido.”

Hoy, esa anécdota marca la pauta de las herramientas de trabajo: aún se utiliza el fuelle para fundir, recocer y soldar las piezas, y no hay un solo tanque de gas en el taller. Amira añade:

“Ahora usamos cepillo de grata y no arena, pero la idea es la misma: cuidar el material, no desperdiciar nada y trabajar limpio.”

En joyería, cada accidente deja un aprendizaje, y cada aprendizaje se convierte en método.

Instituciones, mercado y gestión

“Vi una convocatoria del IYEM sobre vivienda para artesanos”, dice el maestro. “Está bien que den apoyos, pero a veces se quedan cortos. Lo mejor sería que las instituciones compraran directamente nuestra producción.”

Recuerda los años en que Beatriz Peralta y Chacon, desde la Casa de las Artesanías, hacía compras regulares:

“Llegabas el lunes con la mercancía y el jueves te pagaban. Luego dejaron de pagar a tiempo y muchos nos alejamos.”

Amira escucha y asiente:

“Es difícil. Si no vendemos, no tenemos ingresos, y hay que mantener la casa, pagar la escuela de los hijos. A veces los compradores quieren pagar menos por más trabajo y es insostenible.”

El problema estructural —dicen ambos— es la falta de canales de venta directa, la consigna sin garantías y la falta de valoración del oficio frente al mercado.

Registro de marca y valoración del trabajo

Amira fue seleccionada para un programa de Fonart con el que mejoraron las instalaciones del taller, y también gestionó su registro de marca y su logotipo. El reto ahora es aprender a gestionar esa otra parte empresarial: posicionamiento de marca, costeo y estrategias de comercialización. Pero, cuando se vive al día con las ventas, es difícil poner dinero y cabeza en ello.

El taller, entonces, se convierte en un espacio de resistencia económica: producir, enseñar y sostener la técnica pese a las condiciones adversas.

La enseñanza como estrategia de diversificación y resistencia

En 2023, Amira fue invitada por Lulú Herrera a impartir clases en el diplomado del CASA. Y, como dice el dicho, “nadie sabe para quién trabaja”, porque el papá de Lulú aprendió y trabajó en el mismo taller que el maestro Ramos. Cuando Lulu declinó la invitación del CASA;  postuló a Amira para el puesto.

Esto nos deja una lección importantísima: la colaboración entre miembros del oficio, el reconocimiento a la trayectoria y el apoyo entre mujeres joyeras. Yo fui su alumna en esa primera edición y recuerdo que me confesó que era la primera vez que salía de Mérida y que impartía clases, pero, como suele decirse, “lo que se ve no se juzga”: el maestro Ramos, su padre, es un gran maestro filigranista, y Amira es la prueba fehaciente de ello. Nos enseñó la técnica con disciplina, orden y armonía.

Valor, identidad y comunidad

Ante la pregunta sobre qué los motiva a seguir, el maestro responde sin dudar:

“El orgullo. Cada pieza tiene historia, tiene identidad. Lo que hacemos nos conecta con nuestras raíces.”

Amira añade:

“Y la comunidad. Estar juntos, compartir el conocimiento. Como cuando bailamos en la feria; después de tanto trabajo, seguimos celebrando. Eso también es parte del oficio.”

El trabajo artesanal es también una forma de pertenecer, de mantener viva la memoria colectiva a través del gesto, del brillo, del tiempo y la amistad.

familia Ramos de izquierda a derecha: Amira, Astrid, Juan hijo y juan padre.Familia Ramos de izquierda a derecha: Amira, Astrid, Juan hijo y Juan padre.

La historia de Juan y Amira Ramos es la de una familia que ha sostenido el fuego durante generaciones. Desde aquel bisabuelo llegado en galeón desde Málaga hasta las manos jóvenes que hoy continúan la tradición, la filigrana ha sido un lenguaje de identidad y dignidad.

El reconocimiento internacional de 1976, la participación del maestro Ramos en el libro de Silvia Terán, el pase de estafeta a la tercera generación y a los alumnos que de ella aprenden en el diplomado del CASA, así como las luchas actuales por la valoración del oficio, trazan una misma línea: la de los artesanos que trabajan con excelencia, pero que aún esperan un sistema de apoyo justo, capaz de reconocerlos no sólo como productores, sino como creadores culturales.

En su taller, el maestro Ramos guarda herramientas antiquísimas, llenas de personalidad. Son un recordatorio de vida y de oficio: lo antiguo es herramienta para crear algo nuevo, y es hoy, en el presente, cuando el oficio se abre camino.

La flama sigue viva, y con ella la certeza de que, mientras haya manos que sepan escuchar el metal, la filigrana yucateca seguirá respirando.


 

  • Entrevistadxs: Familia Ramos, filigranistas de Mérida, México.
  • Lugar de la entrevista: Mérida Yucatán.
  • Fecha: Noviembre2025
  • Entrevista y edición: Gabriela García Mariscal
  • Proyecto: La ruta de la filigrana. De las cofradías europeas al arte popular mexicano
  • Apoyo: Fondo para la Promoción de Proyectos y Coinversiones Culturales (FPCC)

Proyecto realizado con el apoyo del Fondo para la Promoción de Proyectos y Coinversiones Culturales (FPCC), Secretaría de Cultura del Gobierno de México.
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